(…)
Despertar
con la extrañeza de buscar acomodarme, ese bailecito del alma que vira hasta
encontrar la dirección perfecta, el lugar perfecto, la placidez absoluta. Tipo
gato. Aún en la cama (y en realidad en un semidespertar), la función de la
matina se desarrolló sobre la almohada, desde mis hombros hacia la cabeza. El
Bailecito, como busca el animal, fue una fuerte sensación. Y qué sigue a una
fuerte sensación? El/los interrogante/s. Qué pasó,
de dónde viene esta nimia contorsión, buscando qué, hacia dónde. La respuesta
(ya más despabilada) fue... soñé. Soñé. Me soñé la cabeza en tu hombro,
descansada, gata complacida. Sentí tu cuerpo continente de colores, nutritivo,
aromático y airoso. Ilustré tu perfil en el instante en que decías que habías
arreglado, que podríamos estar de seis a ocho.
(…)
Casita
en un árbol.
El
mar imponente se recostaba sobre el pasto.
Una
misión.
(…)
Camellos
paseando por la habitación.
Libros
inundados.
(…)
Un
tren descarriló en el cielo.
(…)

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